Me preguntó un joven periodista, hace un tiempo, para una publicación por el Día de la Mujer, qué significaba ser mujer para mí. Probablemente lo decepcionó mi respuesta: ser mujer, para mí, no significa particularmente nada. 

Quisiera haberle dicho algo épico. Por ejemplo decir: ¡estoy orgullosa de ser mujer! No. No lo estoy. ¿Cómo podría estar orgullosa de una característica que me dio la casualidad, como ser bajita, tener la piel morena o los pies chiquitos? ¿Estás orgulloso de ser hombre? ¿Está un gato orgulloso de ser gato o una paloma de ser paloma?

Quisiera haberle dicho algo memorable, como que por ser mujer soy mejor ser humano. No. Soy el ser humano que soy (espero que no peor que muchos) por la suma de mis características genéticas, por mi educación, por el hogar en que nací, por las vivencias que tuve y, sobre todo, por mi voluntad personal para mandar al cuerno los estereotipos de lo femenino. No fue difícil, porque no permití que nadie me arrollara con argumentos del tipo “yo soy hombre y, por tanto, soy mejor”. Porque al primero que dudó de mi inteligencia o mi capacidad profesional lo miré a los ojos y lo hice tragar tierra demostrándole lo contrario. Eso no lo hice por ser mujer: lo hice por ser yo.

Podría haberle dicho, sí, que me siento orgullosa de ciertas mujeres. Primero, de las de mi entorno. De mi madre, que es el producto de una época en que ser mujer era ser la depositaria de todas las desventajas del universo y que, sin embargo, pudo criar a dos hijas que nunca se disminuyeron ante nadie. Pero en eso también tuvo que ver mi padre, que jamás nos puso límites (aunque siempre soñó que fuera médico y no periodista, aun cuando ya tenía veinte años trabajando en medios y me juraba el hoyo del queque).

Me siento orgullosa de mi hija, a quien crié sin tabúes, ni religiosos, ni sexuales. La que a los doce años ya había leído los libros que yo leí a los treinta. La que a los 19 se fue a otro continente sin dudarlo un instante cuando yo, soy honesta, no me iría ni a Chincha solita. La que aprendió a caerse y levantarse las veces que fueran necesarias. La que sueña y domina sus miedos. La que tiene una sonrisa de niña y una voluntad de hierro.

También me siento orgullosa de esos millones de mujeres que construyeron este mundo en que, aunque todavía hay fuertes desventajas, la mayoría de nosotras puede desear y luchar por cumplir su sueño, por alto que este sea.

Y no hablo sólo de esas locas maravillosas que pelearon por el sufragio femenino, por la libertad sexual, por la remuneración igualitaria y por no usar sostenes. También de las que, desde el anonimato de sus patios y cocinas, formaron seres humanos mejores. Las que les enseñaron a sus hijas que el valor de una mujer no está entre las piernas y, a sus hijos, que también ellos tenían que saber coser, saber barrer, saber cocinar y saber abrir la puerta para jugar.

No, no me siento orgullosa de ser mujer. Pero mi intuición femenina (esa cosa extraña que me heredó la evolución humana) me dice que, si volviera a nacer, y tuviera que elegir un sexo con el cual venir vestida, elegiría, de nuevo, ser mujer.


(Foto: jongarelick.com)